VIDA O MUERTE EN NUESTRA LENGUA. Parte 9

“SEÑOR, ponle un guardia a mi boca y un vigilante a la puerta de mis labios.”

(Salmo 141:3)


El Salmista pide un guardia en su boca. No en los oídos - para protegernos de que las palabras que podamos escuchar nos afecten. En lugar de eso, el salmista le pide a Dios que ponga un guardia en su propia boca, sabiendo que el mayor peligro no estaba en lo que otros podían hacerle, sino en lo que él podía decir en contra de los demás.


Nuestra boca puede ser un arma peligrosa. Palabras imprudentes, duras, descuidadas, que causan dolor en aquellos que las reciben. “Y la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es encendida por el infierno e inflama el curso de nuestra vida” (Santiago 3:6).


Muchas veces le damos rienda suelta a nuestras lenguas. A pesar de que luego lamentamos lo que dijimos, nunca podemos hacer que desaparezcan. Mejor es poner un guarda en nuestra boca, como prevención de lo que pueda salir libremente de ella, y no estar lamentándonos por palabras que nunca debieron salir de nuestros labios.


“Examíname, oh SEÑOR, y pruébame; escudriña mi mente y mi corazón.”(Salmo 26:2)

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