NO VIVAS EN LA CÁRCEL DE LA AMARGURA

Hay tres tipos de personas: unas que son como el vaso, otras como un canal o tubería y otros como una fuente. Los dos primeros contienen agua: el vaso es un recipiente que solo recibe el agua y no tiene la propiedad de dar, el canal o tubería solo transporta; pero los que son como la fuente o manantial producen agua para los demás. Del mismo modo, debemos buscar ser más que vaso o canal; y convertirnos en fuente para producir agua y dar de beber a los demás.


Entonces qué pasa cuando una persona va llevando amargura y falta de perdón por donde va; el amargado siempre contagia al resto provocando el chisme y al “regarse más” genera calumnias y difamaciones hasta llegar a un comportamiento paranoico, de modo tal que estamos ya frente a un problema y un arquetipo social convirtiéndose para el promedio de los peruanos hasta como un trasfondo cultural.

A mucha gente le cuesta salir de la amargura porque: 1) Les da sensación de poder, producto de practicarla y estar en este sistema de querer manipular siempre a los demás, confundiéndolos con tener carácter; pero que la consecuencia será la de perder un saludo, un abrazo y la vida misma. Esas personas son amargadas y que se sienten poderosas no son normales porque nuestra naturaleza es amar y no inhibirlo; 2) Lo usan como un mecanismo de control “para que no abusen de su confianza”, dado que pedir perdón sería sinónimo de debilidad y se excusan bajo la pantalla de tener autoridad. Nosotros decimos que el pasado nadie lo puede cambiar, pero sí tenemos el poder de cambiar el futuro, de modo que siempre será más que beneficioso mostrar lo mejor para no perderlo.


Por ejemplo, de una mujer que, cuando era niña se dio cuenta de la infidelidad de su padre para con su madre y de grande, es ella quien se irrita con su esposo, con su familia y con todos; manteniendo dicha amargura e inseguridad, sin decir la verdad, callándose y quedándose con una actitud agresiva e iracunda; provocando que el esposo prefiera estar más tiempo en la oficina que en la casa para evitar su mala actitud. De ese modo es que se genera como un remolino y nunca se abre a un diálogo abierto, sincero y honesto. Ante éste ejemplo real de la vida diaria podemos preguntarnos: ¿Cuántas veces procedemos así y nos ponemos la coraza de la amargura para protegernos? Mujer y hombre de fe: es hora de decir la verdad y de abrir tu corazón si no quieres vivir en esa cárcel de la amargura. Rompe con ese silencio y deja de estropear a tu familia; es necesario que comiences a ordenar tu casa, hablar con la verdad y decirle a los tuyos tus temores. Pero también demuestra que dentro de ti hay un ser humano comprensivo y que Cristo nos recuerda que todas las cosas viejas ya pasaron (2 Corintios 5:17). Quítense la costumbre de ser personas amargadas, aférrense a la Palabra Viva de Dios y siempre buscaran lo nuevo y bueno.

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